Seguridad total y excepción: el umbral del poder en EU.

Seguridad total y excepción

Seguridad total y excepción: Internacional | Washington, Estados Unidos | 5 de enero de 2026

La afirmación de que “nadie está a salvo” en Estados Unidos no es solo un diagnóstico de inseguridad: es una operación política que reordena prioridades, legitima decisiones excepcionales y redefine el contrato entre libertad y control. En el discurso público estadounidense, la seguridad se ha convertido en principio totalizante, capaz de desplazar garantías, normalizar vigilancia y justificar la expansión permanente del poder coercitivo.

No es una novedad coyuntural; es una trayectoria histórica que se reactiva en ciclos de miedo.

Seguridad como arquitectura de poder

Cuando la seguridad se presenta como condición previa a todos los derechos, deja de ser política pública y se transforma en arquitectura de poder. El umbral se cruza cuando la excepción deja de ser temporal y se integra al funcionamiento ordinario del Estado. En ese punto, la prevención se confunde con control y la protección con disciplinamiento social.

La pregunta decisional no es si existe riesgo, sino quién decide qué nivel de riesgo es tolerable y a costa de quién.

Externalización del miedo y legitimidad automática

El discurso de amenaza constante externaliza el miedo hacia enemigos difusos —internos o externos— y produce legitimidad automática para medidas que, en otro contexto, serían impugnadas. Así, la deliberación se acorta y la crítica se reconfigura como irresponsabilidad. La seguridad deja de discutirse; se impone.

Dignidad bajo presión preventiva

La vida cotidiana absorbe los costos de esta lógica: comunidades vigiladas, derechos condicionados y una normalización del daño preventivo. La dignidad se erosiona no por un acto aislado, sino por la acumulación de controles presentados como inevitables.

Sintopía: cuando la excepción se vuelve norma

Estados Unidos enfrenta un umbral conocido pero no resuelto: gobernar desde el miedo produce obediencia, no estabilidad duradera. La seguridad absoluta es una promesa imposible que, al perseguirse, deforma la democracia que dice proteger. El desafío no es negar los riesgos, sino repolitizar la seguridad, devolverla al terreno de la regulación, la proporcionalidad y el control democrático.
Cuando la excepción se vuelve costumbre, el poder deja de cuidarnos y comienza a administrarnos. Ahí se juega el verdadero riesgo.

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